¿Sabes cuándo pones esperanza en un proyecto…supongamos…un castillo de naipes? Es una tontería, un ejemplo, pero fácil de visualizar.
Un castillo de naipes. Sabes que no será eterno. Sabes que mientras lo estás construyendo, será un reto muy complicado, que tienes que tener en cuenta dónde pones cada carta. Si lo empiezas pensando en que terminará derribado, entonces no lo comiences. Lo empiezas porque crees que será divertido y aprenderás a hacer otros castillos de naipes.
Los naipes pueden ser del palo que quieras, puedes mezclarlos incluso. Puedes ponerlos hacia afuera para que luzcan de todos los colores o hacia adentro para que sea uniforme, eso ya al gusto del lector.
Primero empiezas haciendo una base sólida, firme, que sabes que aguantará el primer piso. Es un primer paso. Lo pones con seguridad. Empieza lo bueno.
El primer piso será un poco mas pequeño, aunque antes que pequeño digamos que “concentrado”, ya que puedes poner el mismo número de naipes que en la base. Tienes que encajarlo perfectamente y alinearlo con las cartas de la otra planta. Y lo terminas, y sigues adelante.
Ni siquiera resoplas, aguantas la respiración porque ves como tu proyecto va tomando forma lentamente. Y añades otro piso con el mismo cuidado. Notas una brisita de aire, una “complicación” e incluso algunas cartas ceden, pero el resto está intacto. Apenas se habrá movido una columna.
Reconstruyes y sigues al siguiente piso reciclando las cartas caidas. Es mas pequeño que la base, pero mas perfecto. Cada vez hay mas equilibrio implicado en el castillo y hay que ser mas cuidadoso, tienes que tener mas cosas en cuenta.
Y sigues arriba. Sigues añadiendo plantas. Llega un punto en el que ves algo precioso y frágil al mismo tiempo y no quieres que se caiga. Lo malo es cuando empiezas a dudar. No puedes dudar en cómo colocar las cartas. Si te distraes, has perdido, seguro que pones alguna mal y ya no sustentará bien el piso superior, se torcerá. No puede ser. Los pasos tienen que ser firmes.
Y sigues subiendo. Te quedan dos plantas para llegar último nivel. Aquí ya no puedes dudar. O lo terminas, o lo dejas.
Y entonces pones las últimas tres cartas: la base, un lado de la columna y el otro. Y terminas. ¿Acaso has terminado el castillo ya? Te paras a contemplarlo. “Pues podria añadir otro castillo y juntarlos, y así hacer uno más dificil y complejo, pero mas bonito. Decides complicarlo todo implicando mas “cartas” pero no te importa, es tu proyecto y tu lo decides.
Lo malo…es cuando llegan ráfagas fuertes. Ráfagas que son intermitentes y que no sabes si van a derribar tu castillo.
Lo peor, es cuando lo consiguen.
Pero no está todo perdido. Cuando eso ocurre, quizás estes cansado de construir un castillo, puedes dejarlo para luego si quieres, que no pasa nada. Aunque las cartas estan desparramadas en elsuelo, unas bocaarriba y otras bocaabajo, desordenadas, las miras y dices: “son mis cartas”.
Y entonces decides volver a construir otro castillo mas bonito y mejor que el anterior.
Con tus cartas.
(Al buen entendedor no le hará falta explicación)
Ou…
Sí, esas ráfagas son jodidas aunque sean tus cartas. Pero bueno, solo hay que aprender a construir el castillo naipes lejos de vientos y tempestades, que muchas veces, salvo excepciones (tormentas de verano), ya se ven venir.
Yo me he enfrentado hace muy poco a una “tormenta de verano”y creo que aun no ha acabado, pero, efectivamente, mis cartas aun están en la mesa y son mias.